“ESO NO ERA DE LA MANIJA DE UNA PUERTA.”

“Está exagerando.”

Sophie se encogió detrás de mí.

Mi pulso se disparó.

—¿Dramático? —repetí en voz baja.

Rebecca puso los ojos en blanco como una madre exhausta obligada a repetir lo mismo.

“Ayer derramó zumo, resbaló, se golpeó con el pomo del pasillo y ahora está exagerando porque sabe que la mimas cada vez que llegas a casa.”

Cada palabra sonaba ensayada.

Preparado.

Demasiado suave.

—Apenas puede moverse —dije.

La expresión de Rebecca se endureció al instante.

“Lo estás haciendo otra vez.”

“¿Haciendo qué?”

“Me estás socavando.”

Casi me río.

No porque fuera gracioso.

Porque de repente me di cuenta de que realmente creía en sí misma.

Rebecca bajó las escaleras lentamente.