PARTE 2
A las once con quince de la mañana, mientras Santiago todavía intentaba entender por qué mi padre no le estrechó la mano, el despacho Rivas & Asociados recibió la primera notificación formal: suspensión inmediata de cualquier proyecto vinculado indirectamente a Laboratorios Cortés, requerimiento de preservación de correos, equipos, servidores y comunicaciones, y aviso de investigación por uso indebido de información confidencial. A las once treinta, tres clientes importantes cancelaron reuniones. A las doce, el socio mayoritario de Santiago lo llamó desde Monterrey gritando tan fuerte que hasta Paola pudo escucharlo en la banqueta. —¿Qué hiciste, Santiago? —preguntó ella, ya sin voz de novia triunfante. Él me miró como si yo hubiera sido la culpable de que sus manos tocaran lo que no debía. —Tú planeaste esto. —No —respondí—. Yo firmé un divorcio. Tú planeaste lo demás. Mi padre, sin mirar a Paola, le pidió al chofer que me ayudara a subir a la camioneta. Santiago intentó acercarse. Víctor se interpuso. —A partir de este momento, toda comunicación será por abogados. —Es mi hijo también —dijo Santiago, señalando mi vientre. Me detuve. —Justamente por eso estoy protegiéndolo de tu ejemplo. En la camioneta, mi padre guardó silencio hasta que el juzgado quedó atrás. Luego apoyó una mano sobre la mía. —Pude haberlo destruido cuando me enseñaste los archivos. —Lo sé. —¿Por qué esperar? Miré la lluvia correr por el vidrio. —Porque si lo enfrentábamos antes del divorcio, habría dicho que era despecho. Que yo quería retenerlo. Que mi familia lo castigaba por dejarme. Necesitaba que firmara libremente, creyendo que había ganado. Mi padre cerró los ojos. Le dolía verme así, pero también entendía. Hay hombres que solo muestran su verdadera cara cuando creen que ya no necesitan fingir. Santiago fue uno de ellos. Esa tarde todo avanzó. Víctor presentó las pruebas: accesos no autorizados, descargas nocturnas, mensajes con Paola hablando de “usar los planos antes de que la embarazada despierte”, correos enviados a un competidor español, intentos de borrar registros y una propuesta comercial que copiaba casi palabra por palabra información protegida de la empresa de mi padre. Pero la sorpresa más grande no fue Santiago. Fue Paola. A las cinco de la tarde me llamó desde un número desconocido. No contesté. Me dejó un mensaje: “Necesito hablar contigo. Él me mintió. Me dijo que esos documentos eran suyos, que tú solo querías arruinarlo. No sabía que estaba robando a tu familia.” Quise borrar el audio. No lo hice. Víctor dijo que podía servir. Dos horas después, Paola se presentó en la recepción del edificio de mi padre. La vi desde una sala privada por cámara. Ya no llevaba el vestido blanco. Tenía el cabello recogido mal, el maquillaje corrido y las manos temblorosas. Acepté verla solo con Víctor presente. —No vengo a pedir perdón —dijo al sentarse—. Sé que no me lo debes. Vengo a darte algo. Sacó una memoria USB. —Santiago me pidió que guardara copias. Dijo que si algo salía mal, yo sería su respaldo. Pero también grabé conversaciones. Por seguridad. Me miró con una mezcla de vergüenza y miedo. —Anoche me dijo que después de casarnos necesitaba convencerte de firmar una autorización para mover al bebé fuera de la ciudad cuando naciera, porque si tu padre presionaba, él podía usar la custodia. La sangre se me heló. Mi hijo aún no nacía y Santiago ya lo veía como palanca. Víctor tomó la memoria. —¿Está dispuesta a declarar? Paola tardó demasiado en responder, pero al final asintió. —Sí. Porque hoy entendí que si pudo usarla a ella embarazada, también me iba a usar a mí. Esa fue la vuelta que nadie esperaba: la amante que llegó al juzgado vestida como victoria terminó entregando la pieza que faltaba. A las nueve de la noche, Santiago empezó a llamarme sin parar. Luego escribió: “No tienes idea de lo que estás haciendo. Si caigo, no verás paz con mi hijo.” Le mandé el mensaje a Víctor. Minutos después llegó otro: “Mariana, por favor. Hablemos. Paola está inventando cosas.” No respondí. A medianoche recibí una sola foto de Víctor: la orden de aseguramiento de equipos del despacho había sido autorizada. Santiago ya no estaba peleando por reputación. Estaba peleando por no quedar expuesto completamente.