Pero cuando regresaron, la casa ya no estaba allí esperándolos.
El día que cumplí treinta y cuatro años, me desperté antes del amanecer.
En México no siempre hay grandes fiestas, pero los cumpleaños son sagrados.
Aunque solo haya un pastel del supermercado, una taza de café caliente y unas "Mañanitas" cantadas desafinadas.
No esperaba globos.
Solo un abrazo.
Solo siento que importo.
Entré en la cocina y vi a Mauricio cerrando una maleta grande sobre la mesa.
No es uno pequeño.
Del tipo que llevas en la maleta cuando no piensas volver pronto.
Mi suegra, doña Estela, miraba su teléfono con una sonrisa demasiado radiante para esa hora.
Mi cuñada, Fernanda, grababa historias para las redes sociales:
“¡Una familia preciosa, lista para partir!”
Me quedé en el marco de la puerta.
"¿Qué está sucediendo?"
Mauricio habló sin mirarme.
“Nos vamos en una hora. Diez días. Europa.”
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
“¿Se van?”
Doña Estela suspiró con falsa paciencia.
“Madrid, Barcelona… quizás París. Nos lo merecemos.”
Miré el reloj.
“Hoy es mi cumpleaños.”
Mauricio cerró la maleta con un clic.
“Celebramos cuando regresamos.”